Economía

Soberanía tecnológica

Debemos avanzar hacia la explosión del conocimiento,

de la tecnología…en función de las necesidades

del país y de la soberanía nacional.

Hugo Chávez, 2006

Uno de los “beneficios colaterales” de la guerra desatada por el imperio contra nuestro país ha sido la revitalización del interés del Gobierno, particularmente de nuestro presidente Nicolás Maduro, por impulsar el desarrollo científico y tecnológico nacional. Iniciativa fundamental para avanzar en la construcción de un modelo de organización social bolivariano, distinto al capitalista. Tarea dura pero factible siempre y cuando sea asumida como política de Estado y cuente con el apoyo de las instituciones y grupos pertinentes, comprometidos con la transformación revolucionaria del país.

La dependencia tecnológica de los países periféricos no tiene nada que ver con sus (nuestras) capacidades o incapacidades sino que es un puntal del crecimiento económico y del poderío de los amos del gran capital. Por lo que su superación, a contrapelo con los intereses nuestro enemigo principal, requiere que trabajemos bien en serio y comprendamos a fondo su complejidad e imbricación con otras manifestaciones de nuestra subalternidad, impuesta y gustosamente acogida por las élites dominantes/dominadas de nuestro país, que históricamente han valorizado y siguen valorizando lo foráneo en desmedro de lo propio, que han adoptado formas de ver la vida, actuar y consumir ajenas, “civilizadas”.

En la división internacional del trabajo, convenientemente organizada por los capos capitalistas, a Venezuela le correspondió el papel de exportadora de petróleo y, en consecuencia, de importadora de todo lo demás. Es decir, le correspondió constituirse en mercado, ya no solo de bienes de consumo final sino también bienes intermedios y de capital, diseñados para otra realidad y generalmente en desuso en sus países de origen. Lo cual se tradujo en el establecimiento de todo tipo de relaciones desventajosas con las corporaciones poseedoras del conocimiento, los equipos y demás recursos requeridos inicialmente para la producción petrolera y luego, para la instalación de las empresas básicas y de industrias privadas bajo el paraguas de la política de sustitución de importaciones. Resultado: el abandono del campo, la diversificación de la dependencia, el fracaso del proceso de industrialización y la conversión de Venezuela en un país exportador de capitales. De allí que sea importante conocer los errores que anteceden este nuevo impulso para no repetirlos.

Afortunadamente, hemos establecido relaciones internacionales más sanas, hemos empezado a valorar nuestras potencialidades y estamos dando unos primeros pasos con otra mirada, tanto para lograr un desarrollo científico y tecnológico propio en campos que así lo ameriten así como para coordinar acciones en otros.