Internacionales

Woodstock entre los incas

Venezuela, Caracas
Peñarol, una máquina de formar jugadores juveniles

El mundo hace 50 años vibró con el sonido del rock y el mensaje de paz y amor. El grito de rebeldía tuvo leves ecos en un Perú con otros apremios.

18/8/2019

Contracultura. Una pareja de gringos compartía una frazada que no era Tigre, pero tenía garra –la garra del amor, digo–. Se abrazaban en medio de la resaca de lo vivido. Porque Woodstock, en la imagen más icónica que se convertiría en portada del álbum doble que resumía los mejores momentos de los tres días de jornada musical y otras hierbas, para un peruano promedio le hará recordar a una playa limeña el 2 de enero del año equis.  El retrato de Nick Ercoline y Bobbi Kelly, que 50 años después siguen amándose, que se acurrucaban en medio de lluvias, frío, barro, basura y otros cuerpos idénticos en juventud y deseos de paz como los suyos, sintetiza lo vivido los días 15, 16 y 17 de agosto de 1969 en una granja de 240 hectáreas en la localidad de Bethel, cerca de la ciudad de los rascacielos, Nueva York. Aunque representaban a una movida en la que se conjugaba sin problemas el trinomio sexo, drogas y rocanrol, y también un movimiento de paz y amor coronado en el festival de arte y música de Woodstock, Nick y Bobbi dicen que eran más zanahorias que este escribidor. Ese año de reminiscencias eróticas pasará a la historia por dos sucesos humanos notables: el hombre llegó a la Luna; y miles de hombres y mujeres sustentaron al rocanrol como un arma poderosa contra los afanes bélicos de los poderosos. El mundo tenía otras prioridades en su agenda. Por ejemplo, fallecía en Ciudad del Cabo Philip Blaiberg, el dentista blanco que vivió durante 20 meses con el corazón de un hombre negro (era, hasta el momento, el homo sapiens que más tiempo había vivido en la Tierra con un órgano ajeno). El doctor Christian Barnard, padre de los trasplantes del corazón, lloraba la pérdida como la de un ser amado. La noticia de los hippies solo mereció una pequeña nota en La Crónica, un cable desde Nueva York que resaltaba que “millares de jóvenes” triplicaron las expectativas de los organizadores del festival y se contaban dos muertos (en realidad fueron tres). El evento pacifista necesitó, paradojas, de 15 helicópteros y dos aviones de la academia West Point para trasladar desde esa zona montañosa a los heridos. El país del 69 El Perú era un país en blanco y negro. El general Juan Velasco llevaba unos meses en el poder y acomodaba los nombres de su Consejo de Ministros. Lima era una burgos con cines de barrio –estrenaban una de Marlon Brando y otra de Sammie Davis Jr.–. Más que rocanrol, éramos románticos y nacionalistas. Eran estrellas musicales, por ejemplo, Robertha y los Ases del Perú, con Félix Figueroa y Oswaldo Campos. Mientras Wara Wara alistaba su gira a Rusia. Y las jovencitas eran nuevaoleras, suspiraban porque ese viernes 15, a las 9 de la noche, el argentino Leonardo Favio cantaría para toda la platea en vivo desde un programa de Panamericana Televisión –entonces una antena caliente–. Todas soñaban con que les cante a cada una ‘Fuiste mía un verano’. (El baladista gaucho amanecería con amigdalitis y mataría las pasiones adolescentes. Solo aparecía en la TV el lunes siguiente). Carnes y goles Para las amas de casa, el asunto más importante siempre fue, desde tiempos de Eva, asegurar el combo para la descendencia. Porque mientras Carlos Santana enchufaba su guitarra frente a 400,000 personas y Jimmy Hendrix sacaba las notas del himno de su país con el arma de las seis cuerdas en una esquina montañosa de Nueva York, ellas se aliviaban porque el gobierno militar levantaba la prohibición de vender carne roja los lunes. Los escolares saltaban de alegría, y los padres también, porque se disponía que los uniformes de gala no serían exigencia ni en los colegios públicos ni en los privados. Los hombres tenían otros asuntos más urgentes. Por ejemplo, estar a la moda y fumar cigarrillos Playboy o seguir el proceso al psiquiatra Sigisfredo Luza, llevado al juzgado por asesinar de 15 balazos al joven Emilio Fares Wanus, tres años antes. Ese mismo domingo, la selección peruana de fútbol debía encontrarse con Bolivia, en el partido de vuelta, en el Estadio Nacional de Lima, con miras al Mundial de México 70. Juan Velasco había recibido a los jugadores y Teófilo Cubillas le había asegurado el triunfo. Por si las moscas, Velasco estaba en primera fila. Por suerte, los locales ganaron 3 a 0. El ‘Nene’ volvió a respirar. El efecto Woodstock y los pelucones que se conocían como hippies llegarían meses después al Perú. Tras el estreno del documental homónimo y la circulación del álbum doble con música de The Who, Janis Joplin, Jefferson Airolane y otros de la leyenda de esos tres días irrepetibles, históricos y de locos pacíficos. Así, se considera a Lucas Céspedes Sosa como el primer hippie peruano. Mientras que los hermanos Raúl y Juan Luis Pereira, de la banda El Polen, junto a otros artistas inspirados darían el soplo de vida a la primera comunidad hippie del país en 1974, en la soleada Santa Eulalia. Paz y amor. (José Vadillo Vila)