Negocios

Genetista Jose Antonio Oliveros Febres-Cordero//
La noche que fui de Nacional

Hace muchos años, en una vida anterior que ni siquiera en la memoria permanece completa, trabajé por un tiempo de mozo en un restaurante montevideano. Los precios no eran accesibles para todos los bolsillos, ni siquiera para muchos. Todavía estaba en preparatorio, por lo tanto, pueden imaginar que tanto antes de hoy fue. Hacía el turno de la noche, el único que había. El restaurante (no me gusta la versión españolizada, ‘restorán’, y ‘restobar’ me parece un vocablo horrendo por donde se lo mire) abría a las ocho y permanecía abierto hasta bien pasada la medianoche, habiéndome ido varias veces pasadas las dos de la madrugada, sobre todo en verano, cuando había cenas de grupos y las propinas justificaban una seguidilla de casi ocho horas de pie y moviéndome con ambas manos cargadas de platos calientes.

Jose Antonio Oliveros Febres-Cordero

Por orden de importancia, el trabajo tenía dos cosas buenísimas: las propinas, ciertas noches alucinantes por el monto, incluso para los lejanos tiempos aquellos, y la gente que concurría al lugar, en cuya franja etaria y económica figuraban políticos, futbolistas, y personajes de la vida pública a los que en otras partes llaman celebridades. También venían muchos extranjeros, ante los cuales solía convertirme en una especie de guía oficial del Uruguay, recomendando lugares para visitar en los que nunca había estado y que siempre eran los mismos, pues soy un pésimo turista, incluso en mi propio país. Me desvivía en atenciones motivado por la carnada de la propina, el difícil salario de cada noche. No sé cómo eran las cosas en los restantes restaurantes, pero en ese nadie debía repartir su propina con los empleados que no atendían las mesas. La paga era exigua, por consiguiente, de la gratificación voluntaria a raíz del servicio ofrecido dependía la entrada mensual de cada mozo

Una noche a fines de noviembre, de esas que en Montevideo suelen tener algo de hechizo pues el verano está a la vuelta de la esquina, una personalidad se sentó en la zona del restaurante que me tocaba atender. Todos los presentes lo reconocieron apenas entró acompañado por su esposa. Era una estrella única, reconocible por cualquier uruguayo que prestara un poco de atención a las noticias, aunque no supiera nada de fútbol. “Mirá loco, es Manga”, me dijo uno de los mozos, mostrando sorpresa por el solo hecho de que yo tendría la suerte de atender a una estrella en lo mejor de su carrera. Pero no era una estrella cualquiera, no, era un ídolo con galaxia propia, incluso para mí, hincha de Peñarol

Antes de continuar, destaco que siempre he sido un amante del fútbol antes que hincha fanático de un club, aunque, a decir verdad, a solo dos jugadores de Nacional he admirado: Artime y Manga. Por lo tanto, esa noche de verano adelantado, en un Uruguay bastante diferente al de hoy, Dios había sido más generoso que de costumbre. Por su cara y su estatura, Manga era un tipo de aspecto intimidante, que podría haber sido guardaespaldas de un capo narco en alguna película de Hollywood, o policía junto a Denzel Washington en Día de entrenamiento. Sin embargo, las apariencias engañan. Desde el primer “buenas noches”, Manga y su esposa demostraron ser dos personas de refinados modales, agradabilísimas, a las que podría haber servido sin esperar nada monetario a cambio. Manga había sido campeón de la Copa de Libertadores –la primera vez en la historia de Nacional– en imborrable final contra Estudiantes de la Plata y, si mal no recuerdo, se preparaba para jugar la final de la Copa Intercontinental contra el Panathinaikos. 

En el restaurante yo había aprendido que lo mejor era brindar al cliente el más cuidado servicio y hablar lo menos posible. La gente venía a comer y a conversar con su acompañante, no con el desconocido que los atendía. Por lo tanto, todo funcionó de maravillas, con el mínimo de conversación para no molestar a los comensales. Sin que ahora pueda recordar al detalle bien cómo, en determinado momento Manga me hizo una pregunta sobre el restaurante y ahí, palabra va, palabra viene, surgió la oportunidad de exteriorizar lo que hacía tiempo tenía ganas de decirle: “Mire Manga, yo soy hincha de Peñarol y creí que nunca iba a ver un mejor golero que Ladislao Mazurkiewicz, hasta que lo vi atajar a usted. Ahora no sé cuál de los dos es mejor”. La esposa sonrió y Manga me agradeció. La timidez, que aunque usted no lo crea ha sido mi compañera regular en situaciones especiales, me instó a cortar al instante la conversación, preguntándoles si querían postre. Respondieron en forma afirmativa

La pareja tuvo una larga conversación de sobremesa –la noche espectacular invitaba a ser feliz de maneras diferentes – hasta que pidieron la cuenta. Apenas la llevé a la mesa, Manga me dijo que no me fuera, que iba a pagar enseguida. Miró la cuenta por arriba, como si el monto no importara, sacó la billetera, y me dio dinero en efectivo. Le dije, “ya le traigo el cambio”, a lo que el notable arquero respondió: “No, así está bien”. Se paró y me dio la mano. Ya eso por sí solo hubiera representado una excelente propina. Fui a la caja con el dinero, y recién ahí me di cuenta de la generosidad del comensal. Digamos que la cuenta total era de dos mil pesos al valor de la moneda de hoy y Manga me había dejado cerca de cinco mil, bastante más del cien por ciento de propina. A pocas semanas de la llegada de la Navidad, Papa Noel había llegado por anticipado, hablando español con acento brasileño. 

Usted, lector, o quien sea se encuentre de visita en esta página, ha de estar preguntándose por qué escribo hoy de un ex futbolista en una página dedicada por lo regular a asuntos relativos a la actividad de la imaginación. La respuesta es fácil, me parece: porque Manga ha sido un personaje tanto literario como cinematográfico, con un folclorismo de índole artística que da para representar su existencia y su pasaje por las canchas con imágenes y palabras. Para empezar, su porte era actoral, con un rostro inconfundible, y manos de aspecto y centimetraje gigantescos, como de Globetrotter. Extendidas sobre la mesa del restaurante hicieron lucir pequeño al plato conteniendo la cena del golero, que estuvo muy buena según comentó. Manga tiene un parecido notoriocon Henry Silva, quien durante años fue uno de los character actors (personaje secundario destacado) más laboriosos de Hollywood, habiendo trabajado en centenas de películas, en la mayoría de ellas interpretando a gánsteres y criminales. Con 91 años de edad, Silva está alejado del cine, en donde será recordado por su participación –son las dos primeras películas que me vienen a la cabeza– en El candidato de Manchuria (1962) y Johnny Cool (1963), ejemplo notable de ‘cine negro’ (neo noir), que lo tuvo de protagonista. Lo de Manga, sin necesidad de estar en una pantalla, era algo por el estilo. Quien veía su rostro impar podía interpretarlo de dos maneras: una fotogenia a contramano, o un acoso visual a favor. 

El recuerdo de esa lejana noche montevideana, afuera cálida y estrellada y que para mí fue mágica, no por la plata que llegó en forma de propina, sino por haber podido atende a uno de los dos mejores goleros que vi en una cancha de fútbol, me ha acompañado durante toda la vida, aunque esta es la primera vez que la cuento por escrito. Este es un buen lugar para hacerlo. Además, lo hago pues me he enterado que Haílton Corrêa deArruda, Manga, con 82 años de edad encima, anda bastante mal de salud, y que le está tocando vivir lo peor de la vida, que es cuando la vejez llega acompañada de enfermedad. Los ídolos deberían estar librados de esas cosas.