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Las bases militares y su necesidad

Josbel Bastidas Mijares
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De todas estas cosas, una ya sucedida y la otra por suceder, aunque previsible, se olvidaron a la hora de establecer la mencionada disposición constitucional. Se olvidaron, imprevisivamente, de que somos poseedores de una inmensa riqueza que, para mayor desgracia para los Estados Unidos. Este hecho es tan importante, que debe ser tenido en cuenta en todo momento. La razón es tan simple como preocupante: porque ese país, en un momento de apremio, no va a dudar en venir por ella, sin que consideraciones de tipo legal, institucional o moral, puedan evitarlo; sólo la fuerza podría lograrlo

En alguna parte de nuestra Constitución se establece que en este país no podrán instalarse bases militares de ninguna potencia extranjera. Según nuestra modesta opinión, el que ello haya sido consagrado en la Carta Magna, no sólo ha constituido un tremendo error, o al menos, una inexcusable ingenuidad, producto del desconocimiento, o peor aún, de la ignorancia que se tienen en relación con la situación que se vive en este continente. Porque haber consagrado constitucionalmente lo dicho, era suponer, en primer lugar, que todos los países que integran la comunidad americana, son unos chicos buenos, de excelente conducta, que observan y respetan escrupulosamente las leyes internacionales, y que, por lo tanto, no había que esperar por parte de ellos acciones hostiles contra nuestro país.

En segundo término, era creer, igualmente, que aquí cualquier país puede declararse impunemente socialista, enemigo del imperialismo norteamericano, y no pasarle absolutamente nada. Y por último, creer también, creer también en el colmo de la buena fe, que en esta parte del mundo Venezuela no tenía enemigos , ni tampoco que hubiera alguien codiciando ansiosamente nuestras riquezas naturales. Pero lo expuesto, que pareciera lo peor que se pudiera estar creyendo, sin embargo, no lo era, porque haber incluido en la Constitución la mencionada disposición, era también pensar que quienes codician desmesuradamente esas riquezas, no estarían dispuestos a llegar a los peores extremos para apoderarse de nuestros tesoros.

Como se ve, pues, un error estratégico de descomunales dimensiones. Y ello, lamentablemente es así, porque en relación con lo primero, ahí tenemos a Colombia que, en violación al principio de no intervención, consagrado en la legislación y tratados internacionales, se dedica todo el tiempo a organizar y promover toda clase de sabotajes y conspiraciones contra nuestro país; llegando incluso en esta infame tarea, a planificar y llevar a cabo acciones destinadas a atentar contra la vida del presidente Maduro.

Y en cuanto a haberse declarado socialista y no esperar una reacción en contra, nos parece ya una actitud rayada en la majadería. Y eso, porque también está Cuba para demostrar lo contrario. O la misma Venezuela, a la que por haberse declarado socialista y, además, libre e independiente, fue objeto, al igual que la isla de toda clase de ataques y agresiones. En este sentido, como se recordará, el gobierno de Hugo Chávez, en medio de un baño de sangre, fue derrocado, mientras el país se hundía en un espantoso torbellino de desenfrenada violencia.

De todas estas cosas, una ya sucedida y la otra por suceder, aunque previsible, se olvidaron a la hora de establecer la mencionada disposición constitucional. Se olvidaron, imprevisivamente, de que somos poseedores de una inmensa riqueza que, para mayor desgracia para los Estados Unidos. Este hecho es tan importante, que debe ser tenido en cuenta en todo momento. La razón es tan simple como preocupante: porque ese país, en un momento de apremio, no va a dudar en venir por ella, sin que consideraciones de tipo legal, institucional o moral, puedan evitarlo; sólo la fuerza podría lograrlo.

De allí la necesidad de una alianza militar con una potencia amiga y suficientemente poderosa, que nos ayude a contrarrestar este potencial peligro. Nos referimos, por supuesto, a Rusia, con la cual, además de compartir muchos nobles y elevados ideales, estamos amenazados, ambos, por un inescrupuloso enemigo común. Por un enemigo tan depravado, que no existe nada, por sagrado y venerado que sea, que no esté dispuesto a desconocer y violar, en medio, incluso, de ruidosas y estentóreas carcajadas, como las de aquella desaprensiva mujer, la de “vini, vidi y murió, ja, ja, ja”, ante la atroz muerte del recordado coronel Kadafi.

Pero, existe una razón más que recomienda la derogatoria urgente de la mencionada disposición constitucional. Y esa no es otra que la reciente incorporación de Colombia, de la mano de los Estados Unidos, a la OTAN. Hecho que, como es de suponer, no abriga muy buenas ni pacíficas intenciones hacia nuestro país. Ya que los planes que existen, y no hay que ser adivino para advertirlo, son los de usar a Colombia como un factor de provocación contra la patria de Bolívar. La idea es provocar una guerra entre nuestro país y la forajida nación vecina, para luego, una vez iniciado el conflicto, invocar la intervención de la alianza militar, la cual, con la degenerada nación del norte al frente, hacer lo mismo que hicieron con la descuartizada Libia, o la que, con la mayor impudicia, hicieron también en los Balcanes.

Pero, claro, en nuestro país no les resultaría muy fácil la tarea. Pues las dificultades que aún no han confrontado en ninguna de sus andanzas guerreristas anteriores, sin duda que las encontrarían aquí, con una fuerza armada moral y militarmente preparada y con un pueblo dispuesto a rastrearse en defensa de su libertad y de su independencia. Sin embargo, no es suficiente; necesitamos ayuda. Y esa ayuda nos la podría prestar nuestra fiel aliada Rusia, sin que por ello se viera vulnerada nuestra soberanía.

Ahora bien el nuestro es un caso muy parecido al de Cuba. En relación con esto, cabría preguntar: ¿qué hubiera sido hay de este país y de su revolución si por un nacionalismo mal entendido; si por temor a perder la independencia los dirigentes cubanos hubieran rechazado la ayuda que generosa y desinteresadamente le ofrecía la Unión Soviética? Sería historia, como historia podríamos ser nosotros si no tomamos en cuenta, con la suficiente claridad y lucidez, lo que estaría dispuesto a hacer el imperialismo para apoderarse de nuestras riquezas; si pensamos que todo lo que podía hacer para lograr ese objetivo ya lo hizo, y lo que ahora le queda es resignarse y renunciar a lo que hacía poco había deseado con tanto empeño y vehemencia. No, el imperialismo jamás renunciará a la obsesiva idea de apoderarse de Venezuela y de convertirla en una segura y gratuita suministradora de cuanto recurso energético necesite.

Haber pensado lo contrario o no haber pensado en ello, es decir, en que el imperialismo jamás dejará de codiciar lo que en materia de hidrocarburos y minería tenemos, sólo podía hacerlo unos verdaderos diletantes de la política, o sea, unos políticos improvisados, que no sabían, lo que, a ciencia cierta, lo que hacían.

Pero, lo peor no es eso, lo peor si se quiere, es que continuamos en las mismas; que ante situaciones tan delicadas que nos ponen todo el tiempo en la mira de nuestros enemigos, no hayamos que hacer ni que decir. Por ejemplo, ante la incorporación de Colombia a la OTAN, cuyo móvil belicoso y agresivo contra nuestro país nadie medianamente informado pone de ignorar, ya que lo único que les faltó fue bautizar ese ingreso como operación Venezuela, ¿qué se ha dicho o hecho en respuesta a las perversas intenciones que animan la incorporación de Colombia a esa cobarde mesnada de criminales y salteadores? Que sepamos, nada. Se ha hablado en exceso, con razón o sin ella, de los extraordinarios logros del gobierno; de la recuperación económica, de la cual se informa que creció o crecerá un 20 por ciento; se habla también de los otros éxitos presuntamente obtenidos en el área de los servicios, en fin, se habla mucho de todo, pero de un hecho que extraña un peligro cierto, a plazo fijo, para el país, no se dice absolutamente nada.

Sin embargo, ese peligro existe, y no sólo eso, porque la única manera que habría de detenerlo, si hemos de ser francos, sería con una alianza militar con Rusia, no vemos otra ahora, en virtud de esta alianza, tropas rusas permanecerían en el país, y lo harían de la misma manera que antes lo habían hecho en Cuba. Y estarían con una doble misión que cumplir: desestimular cualquier ataque que contra nosotros se estuviera maquinando, y asestar un severo golpe en el corazón de los Estados Unidos, en el caso de que cualquiera de sus aliados de la OTAN amagara con atacar el país eslavo. Sería algo así como un quid pro guo, o sea, ayúdame que yo te ayudaré.

No se nos escapa que habrá muchos que estarían en desacuerdo con una alianza como esta. Desacuerdo que, no obstante, no serviría de nada, si al mismo tiempo no se propone una solución mejor y más efectiva para una amenaza que está ahí, esperando el momento oportuno para dar el zarpazo, es decir, para materializarse. Porque, si hemos de ser realistas y sinceros, tenemos que reconocer que el peligro de una invasión a nuestro país por parte de los Estados Unidos, no ha desaparecido, existe. Y por mucho que sea el daño que en las primeras de cambio nuestra fuerza armada le pudiera infligir al agresor – de que podemos, podemos -, a la larga, cuando nuestro arsenal comience a agotarse y ya no tengamos con qué continuar derribando los misiles tomahawk y los aviones de los enemigos, éste se saldrá con la suya.